Impacto y satisfacción PDF Imprimir E-Mail

experienciaslocales

Regeneración urbana
en otras latitudes: impacto y satisfacción
Por Ab. Marigloria Cornejo Cousin

Sin ser ni pretender ser urbanista ni arquitecta, podría afirmar que hasta 1992 nadie en Ecuador había hablado acerca de regeneración urbana, en la forma en que hoy se estila. Diríase entonces que, en nuestro país, la expresión fue prácticamente acuñada por la administración municipal local, liderada entonces por el Ing. León Febres Cordero, quien al llegar al Sillón de Olmedo se propuso sacar a la ciudad de las tinieblas en las que la habían sumido sus antecesores y, más tarde, consolidada en su uso, a partir de la transformación que plasma el Ab. Jaime Nebot.

La tarea era inmensa y significó un verdadero desafío para el cual no era suficiente el talento y la instrucción académica de sus colaboradores, sino también la conjunción de otros elementos decisivos a la hora de conquistar las metas propuestas; convencidos de que había llegado el momento de acabar con los demagogos baratos, reemplazándolos con auténticos conductores de este pueblo y ejecutores de la gran obra que Guayaquil reclamaba con urgencia, en defensa de su identidad y de la dignidad de su pueblo.

Desde el punto de vista etimológico, la palabra regeneración proviene del latín regeneratio y equivale a la acción y efecto de regenerar o regenerarse. Y a su vez, regenerar, del latín regenerare, equivale a dar nuevo ser a una cosa que degeneró, restablecerla o mejorarla.

ImageAsí, en mi opinión, desde la perspectiva del trabajo realizado a partir del Municipio local, la acepción de la palabra regeneración en Ecuador aumentó su dimensión y comenzó a usársela más allá de la obra física, tangible y material, poniendo otros contenidos a la citada “acción y efecto de dar nuevo ser a la cosa que degeneró”, que registra el Diccionario de la RAE.

¿Y el porqué de esta afirmación?… La respuesta es muy sencilla: basta conocer Guayaquil y apreciar el contraste entre el ayer y el hoy de nuestra ciudad, en todos los aspectos para sentir que con la regeneración, inicialmente urbanística, se ha configurado a la ciudad como un espacio físico no para sobrevivir, sino para aprender a vivir en plenitud, creando una nueva conducta social. Para ello, entre los primeros pasos que se dieron, el más grande fue volver a mirar hacia el río, convirtiendo nuestro viejo Malecón Simón Bolívar en otra realidad arquitectónica, en la que se funden elementos de la identidad guayaquileña, ratificando la condición fluvial que nos dio la naturaleza y con la que se apellidó siempre a esta ciudad.

Y a partir de entonces, los proyectos que cambiaron la fisonomía de este puerto, en unos casos, o que lo remozaron, en otros, fueron sucediéndose y transformándose en hermosas realidades. Todo esto, con el absoluto convencimiento de la necesidad de hacer las cosas bien, pues, sin lugar a dudas, Guayaquil marca la pauta a nivel nacional. Y lo dicho no es un halago para sus dos últimos alcaldes, ni para quienes forman parte, como yo, de esta corporación, sino como valoración exacta de lo que se vive en cualquier punto del mapa ecuatoriano.

Para ilustrar lo dicho, voy a compartir mis experiencias, vividas directamente en lugares distintos y distantes a Guayaquil, a los que me lleva siempre mi brújula y mi sangre y en cuyo norte está un trocito hermoso de los Andes ecuatorianos: Imbabura, la provincia de los lagos; y esta vez no Ibarra, la cuna de mi madre, sino aquella otra “tierra mágica de trigo, caña y maíz”, como reza el eslogan que nos recibe en un gran cartel a la entrada de San Miguel de Urcuquí. Lugar privilegiado de la geografía emblemática del noroccidente de esa provincia, a escasos 18 km de Ibarra y 144 desde Quito, pueblo que se piensa fue fundado por los caras que serían quienes lo bautizaron como Urcuquí que significa “pueblo de hombres buenos” (urcu = hombre bueno, qui = pueblo o terreno), en cuya población actual pueden aún apreciarse restos étnicos con sangre africana o con sangre india o sangre mestiza, cada uno con signos culturales dignos de ser conocidos y difundidos.



 
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